Sobre algunos poemas de Aquilino Duque (I)

Hace unos días falleció el poeta Aquilino Duque. Cuando me enteré de la noticia me encontraba, precisamente, leyendo una antología de su poesía, editada en la colección Arrecifes. Pretendo en esta y en una futura entrada, abordar algunas de las ideas o detalles que más me han llamado la atención de algunos de sus poemas.

“Portador de valores eternos”. Así es el poeta que Aquilino Duque define en el prólogo. Y no solo portador, sino que esconde otro deber vital: conservar la verticalidad. Ser capaz de “sobrenadar en la miseria moral de unos tiempos de prosperidad.” Como el ciprés de Gerardo Diego, colmado de “delirios verticales” y dispuesto a “ascender vuelto en cristales.”

Hay ecos de comienzos de siglo en sus poemas de 1958. Hay Juan Ramón Jiménez (SEVILLA, 1898 y J.R.J.); resuenan Cernuda y Lorca (“que, por romano y por moro,/ harto de mi poderío, / me voy a tirar al río, desde la Torre del Oro.). Hay incluso retazos de greguería, como en el poema ABRAZO, cuyo primer verso da nombre a la antología: “Reloj de arena, tu cuerpo. / Te estrecharé la cintura / para que no pase el tiempo.”

Sin embargo, Aquilino Duque goza de voz propia. Uno de los temas que sobrevuelan la primera lírica de este autor es la serena melancolía con la que afronta el pasado, el paso del tiempo. Para ello se sirve del recuerdo (“Hoy que miro hacia donde / la vida fue la vida, y el silencio / un lenguaje dulcísimo”), pero contemplado, no desde una tristeza estéril, sino desde un optimismo infantil –en el buen sentido del término–. Es así cuando en su poema SOLITARIOS, sobre los “tiempos ya vividos” dice que es “hermoso cogerlos con las manos, / extenderlos sobre el tapete verde / de la esperanza, disponerlos / tan caprichosamente como un niño…”

Ese otear el pasado se compagina con una mirada al presente, enfocado como búsqueda de aquello que es vitalmente significativo. Aquello que da sentido pleno a la vida: “Yo doy por cada beso diez horas más de vida / porque si hay algo en este mundo / capaz de hacer que se detenga el tiempo, / no es otra cosa que el amor.”

Hay anhelo y espera en Aquilino Duque, y esa “no posesión” –que es el ingrediente común de ambas– se convierte en algo de lo que gozar. Como en el final de su poema COVENTRY STREET: “Pero es tan bello saber lo que se puede / y no hacerlo, y dejarlo a su destino / de esperanza, de víspera, de anhelo, / de arco tendido para siempre.” Este poema en particular, me recordó a una de las escenas finales de la película La vida secreta de Walter Mitty, en la que un fotógrafo profesional le dice al protagonista que, en ocasiones, decide “no hacer la foto”, y ser parte del momento que la naturaleza le brinda. Hay veces que la mejor forma de inmortalizarnos es no inmortalizar los momentos que vivimos.

Por último, la idea de soledad, expresada maravillosamente cuando dice “que es mentira, que mientes, que es mentira, / que tú no puedes con la soledad, / […] Que no puedes vivir cuando no oyes / la voz de un niño, el habla / de una fuente, una risa de muchacha…”. A veces es verdad. Decimos que queremos estar solos, que ansiamos la soledad. Pero realmente queremos una soledad domesticada. Una soledad con botón de apagado. Tener la soledad a nuestra merced.

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