Capaces de lo eterno

Recientemente ha aparecido en un periódico nacional una entrevista a un profesor en donde comentaba algunas de las ideas que lleva a cabo en la educación de sus alumnos de secundaria. El docente mostraba su desconfianza hacia la memorización, y la evaluación por exámenes, a la vez que defendía sus métodos de enseñanza basados en los intereses de los estudiantes, como las canciones de Rosalía o los vídeos de youtubers.

Este desprestigio que sufre la memorización dentro del mundo de la pedagogía, obedece a la importancia que se le otorga a la praxis: el hacer del alumno se sitúa por encima del ser. Sin embargo, no podemos olvidar que el cerebro humano opera realizando conexiones, y los datos que posee se interconectan entre sí, relacionando ideas y generando nuevos pensamientos. Sin datos, el cerebro no puede formar dichas conexiones; y sin conocimientos teóricos, la realización de tareas prácticas avanza con la lentitud del que tiene que descubrir cada paso que da. La capacidad de retención del ser humano no puede tratarse como algo externo; como si fuese algo que no nos configura: el hecho de saber algo o no saberlo puede llegar a decir algo sobre cómo soy. En su ensayo Los desheredados, François Xavier Bellamy afirma que “aprender de memoria es dejar que un texto, una música, un saber, nos habiten, nos transformen, eleven y aumenten nuestro espíritu y nuestro corazón hasta la altura que les es propia”. De ahí que la pregunta, tan actual y acorde a nuestros tecnológicos tiempos, de “¿para qué lo voy a aprender de memoria si puedo buscarlo en Google?” suponga un error desde el propio inicio de la pregunta –para qué–, puesto que no se puede juzgar con parámetros de utilidad práctica algo que nos está continuamente transformando por dentro. Googlear y olvidar no es lo mismo que leer y aprehender, pues lo primero me sacia un instante, pero lo segundo me alimenta ahora y, en el futuro, me ayudará a entenderme mejor a mí y al mundo en el que habito.

Por otro lado, trabajar desde los intereses de los alumnos, quizá no sea una mala opción, al fin y al cabo. No obstante, cabe la posibilidad de limitar la aparición de nuevos horizontes en el corazón de los alumnos. Los profesores estaríamos alimentando su hambre de más con comida basura –a la que recurren con frecuencia y por su cuenta– cuando podríamos disponer para ellos alimentos de gourmet. Los estudiantes estarán cómodos mientras nosotros engordamos su espíritu con comida prefabricada, y se considerarán realizados, porque los que se supone que conocen la buena cocina no les sirven otra cosa. Pensarán –con poca culpa por su parte y mucha por la nuestra– que su opción por la hamburguesa barata tiene una calidad “alternativa” a un menú en un restaurante de prestigio, pero de ningún modo se puede decir que sea de una calidad inferior.

Sin embargo, aquel que ha esparcido su mirada en lo sublime, y ha contemplado la belleza de verdad –la genuina– después no admite que le den gato por liebre, porque el contacto con lo bueno hiende el corazón y, después, no es capaz de contentarse con menos. Cuando recibe cosas grandes, el alumno se hace capaz de trascender y ubica con mejor criterio las cosas pequeñas; de la misma forma que un paladar educado disfruta del McDonald’s sin elevarlo a categorías que no le corresponden.

Desde el verso de Lorca se puede alcanzar una mayor comprensión de la lírica de Rosalía; no obstante, el movimiento inverso no es equivalente. No es lo mismo haber leído el Romancero Gitano y después acudir al Mal querer que al contrario. Lorca me ayuda a comprender a Rosalía y a vislumbrar sus influencias; Rosalía ofrece una visión completa de lo que ella es y dice, pero reducida y diluida de todo lo que fue y dijo Federico García Lorca. Tendemos a pensar que para los jóvenes, lo clásico es aburrido, pero no es cierto que las inquietudes de los escritores clásicos les sean ajenas. Precisamente, esas obras clásicas lo son, porque permanecen a través de los siglos y de las generaciones. Además, el tiempo del que un docente dispone es limitado y debemos hacer un uso razonable del mismo. Relacionar a Rosalía con la literatura que la cantante trabaja no está mal, pero personalmente, invertiría algo más de tiempo en el estudio de otros autores. De lo contrario, podríamos estar poniendo un techo de cristal a los horizontes de los alumnos.

El contenido educativo debe basarse en lo que ha permanecido, y en los colegios y universidades, se debe de innovar en el método, pero para seguir hablando de lo eterno. Precisamente hoy mismo, mis alumnos de 1º de Secundaria han estado copiando un fragmento de una canción de Joaquín Sabina para aprender el análisis métrico y rítmico de una composición lírica. Pero son los mismos alumnos que antes de Sabina, han analizado métricamente –aún son demasiado jóvenes para un acercamiento mayor– a Góngora, a Rubén Darío, o a Miguel Hernández. Aquellos con los que llevo meses leyendo una adaptación de la Ilíada, compartiendo la valentía de Héctor, la sagacidad de Ulises y la furia de Aquiles. Y no solo leían, sino que –quizá no todos, pero sí algunos– se iban descubriendo en esas páginas.

Si Rosalía o Sabina acaban siendo clásicos del siglo XXI, no nos corresponde a nosotros decirlo, sino a las generaciones futuras. Además, como escribió Ítalo Calvino, “un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía.” Si el maestro consigue que sus alumnos se familiaricen con los autores clásicos, estos lograrán encontrar en las manifestaciones culturales contemporáneas todo lo que alberguen de valioso, y relegarán a un segundo plano aquello que es intrascendente, fatuo o superficial. Su forma de saber no será la propia de simples consumidores de emociones, que saben muchas cosas pero no conocen ninguna. En definitiva, su criterio cultural y estético será más rico y sus espíritus –capaces de lo eterno– no hallarán más que insatisfacción cuando ante ellos se presente lo mediocre.

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